Patricia  (28 años)

25/06/2009

Cuando miro atrás, me doy cuenta de todos los años que he dejado pasar inmersa en la enfermedad: parte de mi infancia y toda mi adolescencia. Mi madre detectó pronto que algo me pasaba, mi carácter cambió muchísimo en poco tiempo y mi físico se iba deteriorando. Curiosamente los médicos comenzaron a verme al poco tiempo, pero sólo eso, verme, porque por desgracia estuve peregrinando de consulta en consulta, de hospital en hospital, lugares en los que viví más tiempo que en mi propia casa.

Pero yo no veía nada, y ninguno de los médicos intentaba de alguna manera que saliera adelante; todo eran parches que no curaban la herida.

Tras un largo recorrido, imposible de explicar en tan pocas líneas, llegué a ITA, prácticamente desesperanzada y desahuciada por el resto de médicos, y ya desde el primer día comprendí que podían ayudarme: me escucharon sin juzgarme, me dieron una oportunidad, me ayudaron a entender qué me pasaba, por qué me sentía así, por qué me autodestruía y me enseñaron de nuevo a vivir, a aceptarme, a relacionarme...

Es duro, por supuesto, hay que luchar, hay que mantenerse fuerte para no dejarte vencer por el miedo, pero una vez que vas superando etapas y abres los ojos al mundo, luchas más y más fuerte para no volver a caer en ese terrible infierno.

Sólo puedo agradecer una y otra vez al equipo de ITA la ayuda que me ofrecieron y el apoyo incondicional que me dieron, porque si no fuera por ellos no estaría aquí, estudiando, trabajando, conociendo gente y, en definitiva, viviendo y disfrutando cada momento.

Pacientes y familiares comparten su experiencia

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