Laura E.  (23 años)

12/05/2014

Construí mil veces mi camino. Hoy con un poco de arena y agua, piedras refinadas dispuestas a marcar cada punto de unión... Pero de nuevo volvía la lluvia y con ella la tormenta, las cuales hacían de aquel pequeño sendero un bosque desierto. Es cierto, había aprendido un poco más de mí, pero me quedaba aún tanto camino que andar. Busqué la respuesta de mis preguntas en todos los rincones y espacios donde habitaba o simplemente paseaba. Intenté evadirme en mi pasión por la lectura, en mis libros, en mis escritos y poesías. Pero la respuesta siempre era la misma; un pozo sin agua, un mar sin peces, una ciudad sin luz, un papel en blanco... Nada.

Hablé, escuché, pero lo hice con un pequeño tapón en las orejas, el cual a pesar de su irrisorio tamaño me impidió conseguir hallar aquello que tanto rebuscaba. Grité la rabia en silencio, llor& eacute;. De mis ojos dejé caer tantas lágrimas que me atrevería a decir que de ellas pude haber hecho un océano. Y con todo ese malestar la respuesta era siempre la misma; aquel muro alto, fuerte, vigoroso... Un ser inanimado que no tenía corazón, que ni latía ni sentía, pero al que yo, a pesar de todo, le insistía. Y me preguntaba el porqué, y de nuevo sentía un enorme vacío, un sentimiento de andar con un cuerpo físico de alguien pero del que no te sientes parte de él. Era como sentir que quizá era alguien, pero dentro de la nada. De nuevo, divagando en mis mundos busqué un nuevo aliciente para encontrar el sentido a mi vida: lucharía por los demás, por quienes me apreciaban y lo daría todo. Pero al ver que ese vacío aún perpetuaba en mi, me desvaloricé hasta tal punto que lo daba todo a cambio de una palabra amable, una sonrisa... En este impaso hubo quien cogió mi mano y con ella mi brazo, mi espalda y todo lo que pudo. Pero también hubo quien me cerró la mano y me repitió que no era este mi camino. Y sí, aquí era donde estaba el equipo, mi equipo, ITA de nuevo. Mi objetivo hacia ellos era demostrarles lo mejor de mí, ser “la paciente perfecta”... Pero el equipo era listo, muy listo y era en esos momentos donde me repetían que NO, que éste no era el camino. Pasaban los meses y cierto, todos aquellos a quienes había regalado un pedazo de mi corazón, sin más, hacían sus vidas, su camino. Sin embargo, yo seguía allí, en el mismo punto, inflexible; muerta. Y fue allí donde me di cuenta que ya no podía más. Que mi vida parecía un juego y que yo solo era un títere a quien movían los hilos el miedo y la tristeza.

Cambié mi mecanismo. Dejé por una vez de lado los matices de gris y me exigí que esta vez iba a jugar limpio: o todo o nada. Pero ese cambio no apareció de la nada. Surgió gracias a un equipo que hoy me rodea. Un grupo de profesionales que apostó y luchó por mí, que no necesitaban una bata blanca para hacerse más creíbles, bastaba su presencia, sus consejos, sus palabras, su ayuda. Empecé a andar de nuevo, con miedo pero firme. Esta vez escuché con las orejas bien abiertas, me sinceré... Y sí, con el tiempo, pasito a pasito, fui construyendo un nuevo sendero ¿Mejor o peor? No lo sé, era el mío. Me di cuenta de tantas cosas... Aún así las podría resumir en que el secreto estaba en mí, en empezar a quererme, a decidir por mí. A dejar de lado el patito feo y empezar a ser el cisne que en mis sueños siempre hallé.

Y sí, esta es mi historia. Triste, pero con un aprendizaje que me ha ayudado a ver la vida de forma distinta. A apreciar las cosas y a darme cuenta que podía, puedo ser feliz con cosas tan pequeñas como un café con una amiga, un abrazo sincero, un gracias de corazón...

Hoy equipo, puedo deciros que me voy, pero con un equipaje muy valioso. En él llevo todos vuestros consejos, el tiempo que os hice perder en sesión clínica, las horas que me dedicásteis sin importaros que el reloj ya marcaba vuestra hora de fin de jornada laboral; por tantas cosas...

Y sí, quizá no tengo riquezas ni posesiones, pero tengo este equipaje y con él, lo tengo todo. Tengo miedo, mucho. Me he dado cuenta de lo fácil que es que la cuerda se rompa. Pero conozco mis debilidades e imperfecciones y de alguna forma de ellas aprendo y voy marcando poco a poco los ejes de mi vida.

Y acabaré con una frase de un gran filósofo, Sócrates, “solo sé que no sé nada”, pero luchar& eacute; con todas mis fuerzas, porque os lo debo y una pequeña voz dentro de mí, por primera vez en mi vida me susurra: “y te lo debes”.

Gracias por todo lo que me habéis ayudado y aportado. Gracias por no solo ser unas grandes profesionales sino también por ser unas personas maravillosas. Nunca podré expresar en palabras todo lo que siento hacia vosotros, todo cuanto me habéis regalado, las veces que me habéis levantado después de una recaída. Y sobretodo, porque hoy habéis logrado que L. deje de sobrevivir para pasar a VIVIR la vida.

Con todo mi cariño.

 

Pacientes y familiares comparten su experiencia

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