Eli

09/06/2009

Si miro hacia atrás creo que llevo enferma casi toda la vida. Mi enfermedad se llama ANOREXIA. Es una enfermedad cruel, tortuosa, que me consumía día a día, que no me daba tregua, que me iba ahogando lentamente hasta tal punto que solo deseaba morir.

Este fue mi caso. La enfermedad me llevó a tal extremo que caí en coma, en un coma tan profundo que los médicos me dieron por muerta, pero no sé como mi cuerpo se aferró a la vida y desperté. Aún así fui incapaz de admitir que estaba enferma, que tenía anorexia. 

En un primer momento la enfermedad me envolvió con luces de colores. Poco a poco, estas luces se fueron fundiendo, se fueron apagando hasta llegar a la oscuridad más absoluta. El negro de la angustia, del sufrimiento...

Recuerdo como al principio pecaba de soberbia. Me sentía poderosa. Por fin, controlaba alguna cosa en mi vida: la comida. ¡Qué equivocada estaba! Nunca tuve el control, nunca tuve el poder, era la enfermedad la dueña y señora de mi vida, la que me dominaba, la que me martirizaba. Ahora me doy cuenta de que el problema no era la comida. Era una tapadera. Me era más fácil centrarme en ella para así no tener que hacer frente a mis problemas, a lo que realmente me hacía daño.

Aunque me lo negara, yo sabía que lo que me pasaba no era normal. Solo bastaba con mirar a mi alrededor para ver que la gente de mi entorno era capaz de disfrutar, de reir, de comer sin tener que poner excusas... y en cambio, yo no vivía, vegetaba, siempre de mal humor, irritada, sin ganas de reír, tensa, mintiendo constantemente... ¡Como me duele recordar todo esto! Pero era así.

En un primer momento intenté salir de ello sola pero ví que no podía, que la enfermedad era superior a m& iacute; y mis esfuerzos se quedaban en nada. Y aunque me costó una barbaridad, un día que estaba agotada de tanto sufrimiento pedí ayuda. Admití y acepté que no estaba bien.

Me puse en manos de profesionales expertos en el tema (ITA) y estoy saliendo a flote después de tantos años hundida. Y aunque estoy convencida de querer salir de la enfermedad, también tengo que reconocer que no está siendo un camino fácil. Día a día estoy sorteando piedras, destrozando muros, escalando montañas... para así poder pasar página. Estoy orgullosa de mí misma, de mis progresos y cada vez estoy más convencida de que éste es el camino que quiero recorrer.

En la actualidad tengo en mis manos una paleta de colores. Con ella y con un pincel estoy pintando mi día a día y mis momentos de muchos colores (rojo, amarillo, verde, azul, rosa...), y aunque el color negro también lo tengo, se está secando porque solo lo utilizo en contadas ocasiones, para hacer una pequeñísima pincelada de vez en cuando, pero nada significativo.

Por primera vez a mis 36 años puedo decir que estoy llena de vida, que río, que tengo proyectos y hasta tengo FUTURO.

En mi mente tengo grabada una frase que para mí es muy importante y que la tengo muy presente:

"LA GENTE VALE POR LO QUE TRANSMITE, NO POR LO QUE REFLEJA"

Ahora  me gusta mucho más. Lo doy por bueno. Esto no es nada ya que es la segunda vez que lo repito. Antes lo hubiera hecho tropecientas veces y no me hubiera gustado ninguna. Voy mejorando.

Un abrazo.

Pacientes y familiares comparten su experiencia

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